Vidas genéricas y recicladas en año nuevo: New year’s Eve

Hay cientos de películas anualmente que pueden ser descritas y resumidas efectivamente con un corto pero certero “meh”, una expresión sencilla que indica cuán sosas y genéricas son. New Year’s Eve, aunque parezca una cinta digna de un respetable “meh”, es capaz de ir aún más allá. En vez de conformarse con llenar el molde de mediocridad genérica que le correspondía, el director Garry Marshall se encargó de subir la apuesta y regalarnos el siguiente nivel en la escala de la insipidez cinematográfica, un nivel que jamás pensé que existiría.

De acuerdo a los créditos, una tal Katherine Fugate escribió un guión para ésta película. Tras observar los primeros diez minutos de la cinta, tal declaración puede ser considerada una vil mentira. Ésta película no es nada más que la versión cinematográfica de la sección de “contactos” que se puede encontrar en la agenda del director. Son casi dos horas de ver caras famosas siendo caras famosas. Eso es todo. Muy probablemente el llamado “guión” de Katherine Fugate era un pequeño post-it con el siguiente texto escrito sobre él:

“Muchos actores famosos pasan año nuevo en New York. Hay amor y romance. Las historias las vamos inventando en el set, dependiendo de qué actores vayan y de cuánto tiempo puedan estar allí.”

El resultado de tal “esfuerzo” es más o menos esto: En un New York extremadamente amigable y turisteable (sin mencionar altamente patrocinado a todo pasto por Nivea), suceden simultáneamente ocho historias donde un grupo de personas (cuyos nombres pueden ser rápidamente reemplazados por el nombre de sus respectivos actores sin afectar el resultado general de la película) se ve obligado a sobrevivir a las demandantes presiones sociales que implica el ver cómo cae la famosa bola brillante de Times Square cada año nuevo. Cuánto conflicto, Dios mío, cuánto…

Éstas ocho “historias” son:

  1. Jon Bon Jovi, el ídolo musical preferido por la juventud neoyorquina, intenta reconciliarse con Katherine Heigl siendo Katherine Heigl.
  2. Michelle Pfeiffer es una triste mujer con pelo desmarañado que es cuidada por un Zac Effron un tanto mamón y su motocicleta.
  3. Josh Duhamel es un guapo hombre de traje yendo a New York en una RV.
  4. Sarah Jessica Parker busca a su hija Abigail Breslin (y al ataúd de maquillaje que tiene ligado a su cara) a través de Times Square.
  5. Seth Meyers y Jessica Biel intentan ser los ganadores del concurso de “el primer bebé que nazca en año nuevo”.
  6. Hilary Swank se encarga de que la bola de Times Square caiga a tiempo mientras demuestra que las mujeres trabajadoras dejan pasar su vida sin darse cuenta.
  7. Ashton Kutcher odia el año nuevo y sus falsedades mientras está atrapado en un elevador con Lea Michele (también conocida como “esa tipa que sale en Glee”).
  8. Robert DeNiro muriéndose lentamente junto a Halle Berry.

Si parece como que estos ocho sketches de año nuevo no tienen relación alguna entre sí, es porque no la tienen. Excepto por el hecho de que suceden la misma noche del año en la misma ciudad, ninguna historia afecta realmente a otra. Sólo suceden y ya. En el nivel del potencial de interés, mientras que a algún alma caritativa, de esas que buscan bondad humana dentro de todas las historias que ven, sería capaz de encontrar una pizca de esperanza para la premisa de alguna de estas historias, la pantalla no miente: ninguna lo es. Es literalmente imposible sentir algún tipo de simpatía por estas personas y sus poco desarrolladas historias, sobre todo dado el hecho de que la mayoría de los actores se pasan la mayor parte del tiempo haciendo lo mismo: nada. Absolutamente nada.

Viene a mí el recuerdo de un amigo de la infancia, de nombre Bernardo. A mis ocho años, ésta persona era uno de los humanos más envidiados por mí. Su familia le había hecho el favor de regalarle todos y cada uno de los extremadamente caros (y extremadamente geniales) sets de Lego en existencia; incluyendo el mítico Halcón Milenario. A pesar de tener todo lo que un fan de Lego de bajos ingresos pudiera desear, él se limitaba a usar sus bloques para hacer torres. Y nada especial en realidad, sólo torres grises, cuadradas y no muy altas. Cuando le pregunté por qué no hacía algo más interesante como armar los impresionantes objetos fotografiados en las cajas, se limitó a contestarme: “Es que no encuentro las instrucciones.” A Garry Marshall le pasa lo mismo con las estrellas de su película. No sabe para qué sirven y entonces prefiere sólo hacer con ellos cosas básicas e irrelevantes.

Pero la parte más terrible de New Year’s Eve son sus últimos veinte minutos. No porque necesariamente sean malos (y en verdad lo son), sino porque logran que me importen los personajes. De alguna manera un grupo de actores haciendo un trabajo a medias para darles vida a personajes unidimensionales, logró casi tocar mi corazón. Me estaban importando historias que no importaban en absoluto. Puedo jurarlo, casi sonreí con algunos de los finales. Quizá fuera por la época del año o quizá Garry Marshall sólo invirtió esfuerzo y amor en esos últimos minutos, pero casi logran levantarme el ánimo. Viéndolo en retrospectiva, no es un gran logro tomando en cuenta que Marshall fue capaz de extraer toda pizca de humor posible en el 90% de los chistes de su película. Era doloroso ver cómo se desaprovechaban cada una de las bromas de ésta película (que tampoco eran muy divertidas para empezar).

New Year’s Eve es tan genérica como sus completamente esperados giros argumentales del final o como la mayoría de los momentos graciosos que nos regala (aunque nadie nunca los hubiera pedido y aunque menos de la mitad funcionen). Sus problemas de ritmo son, a su vez, tan obvios como la falta de química entre Katherine Heigl y Jon Bon Jovi. Pero, finalmente, escondido en alguna parte de difícil acceso, hay una especie de buen corazón y una especie de aura llena de calor humano.

Si dentro de tres meses sólo quienes participaron en ella son capaces de recordar su existencia, entonces la vida probará ser justa. Sin embargo, en su defensa, puedo decir que dentro de su mediocridad es una película completamente inofensiva. Verla definitivamente no es una tortura, sobre todo si se sabe a lo que se va, pero no hay razón alguna para darle una oportunidad a ésta película a menos que se sea una madre fanática de las comedias románticas (o dicha madre los obligue a acompañarla).

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