“El Día Después Del Día Después De Mañana” o “El Novelista Que Podía Correr Más Rápido Que El Fin Del Mundo”

Por Guillermo Carregha

GÉNERO: Über-catástrofe

 

Roland Emmerich y yo no somos amigos. Nuestra relación no tuvo un buen comienzo. Desde que en 1998 la primera mitad de Godzilla logró dormirme en vez de impresionarme (dejando la otra mitad del VHS como un total misterio el cual no tengo intenciones de develar), decidimos que lo mejor sería tomar caminos separados. Él haría películas en donde la atención siempre se centraría en la destrucción del mundo (o parte de él) mientras que yo me comprometía a ignorarlas. La relación entre los dos parecía funcionar de esa manera.

Todo cambió en 2009 cuando, de la nada, Emmerich decidió despedirse del mundo cinematográfico dedicado al fin del mundo. Se había propuesto hacer la más grande película de desastres jamás vista por la humanidad y pensaba basarse en las más recientes (y estúpidas) teorías del fin del mundo como regalo de despedida. Mentiría si dijera que no me dio curiosidad presenciar tal espectáculo. Así nace 2012, la película cuyo tráiler era tan escandalosamente exagerado que obligaba a quien lo viera a desear ver el resto del filme. No obstante, durante todo el tiempo que estuvo en cartelera, no escuché ni leí un solo comentario positivo acerca de ella. Ni uno. Considerando que tantas personas no podían estar equivocadas, fue mejor continuar la tradición de ignorar la existencia de Emmerich y su trabajo aunque, en mi interior estuviera siendo consumido por la curiosidad de averiguar por mí mismo si en verdad era tan mala como decían.

Pasó el tiempo y el año 2012 finalmente nos alcanzó. Mientras el nuevo y reluciente año terminaba de instalarse, yo me preparaba para someter a mis ojos ante el potencial terror que representa la película que lleva su nombre. Era sólo lo apropiado. Si cada año tuviera su respectiva película, me sentiría obligado a verla al inicio de cada enero por puro respeto hacia los señores años (muy a pesar de las válidas opiniones que probablemente expresaría el nivel de colesterol en mi sangre después de cada función).

A sólo dos minutos de haber empezado a verla, la película ya me estaba perdiendo. El mundo se acabará en 2012 no por algo relacionado a los mayas y su calendario, sino porque Roland Emmerich jamás en su vida puso pie en una clase de física, de química o de astronomía (dato sacado a relucir a partir de los diez minutos de 2012, cuando se explica la “razón científica” por la que sucede todo, o el hecho de ver qué tan delgada cree Emmerich que es en realidad la corteza terrestre). Como los planetas se alinean en 2009, el sol decide que es momento de lanzar una cuenta alta de neutrinos a la Tierra para ver si puede calentar su centro. En resumen: “Tomemos palabras que suenen científicas, juntémoslas con más palabras de difícil comprensión y esperemos que nadie se dé cuenta de que no tenemos idea de lo que estamos diciendo”. Pedir más sería ingenuo de mi parte.

A diferencia de lo que muchos pudimos imaginar al principio, 2012 no es acerca de un grupo de personas haciendo lo posible por sobrevivir al fin del mundo. Tampoco es acerca de un hombre (quien fue bautizado con un nombre extrañamente similar al de 50 Cent) intentando crecer como persona tras una catástrofe mundial que funciona cual enjuague bucal (eliminando el 99.9% de las bacterias o, en éste caso, de los humanos). Mucho menos es acerca de un montón de empresarios hollywoodenses intentando ganar dinero explotando el tema que está de moda (aunque este factor haya jugado un rol sumamente importante en la creación de la película). No. Es acerca de lo bonitos que pueden ser los efectos especiales cuando se tiene presupuesto.

Una película como 2012 no es para quienes buscan un guión coherente o personajes entrañables. Cintas como ésta se ven sólo para que nuestro cerebro pueda ser derretido al presenciar tantas imágenes generadas por computadora. Hay una regla escrita a lo largo de cada segundo de la película: si aparece en la pantalla puede ser destruido. Yellowstone explota, Los Ángeles se parte a la mitad hundiéndose en el Océano Pacífico, India es tragada por un tsunami del tamaño de la torre Sears, Woody Harrelson nos regala un vistazo su trasero, Hawaii se convierte en una alberca de lava, un crucero se hunde, hay un tsunami en Japón; un atascadero ilimitado de desgracias dignas del momento en que me aburría de cuidar a los habitantes de mi ciudad en Sim City. La imaginación tiene límites, los cheques cobrados por las personas encargadas de los efectos de 2012 no.

Uno paga para ver a la tierra siendo destruida en una serie de eventos especiales martilleando a la Tierra sin descanso y eso es exactamente lo que recibe. Pero hay un problema, un gran, largo y evidente problema. Un problema que, se podría decir, dura 158 minutos. 2012 no sólo parece ser eterna, lo es. Si el fin del mundo termina siendo tan lento como el que es presentado en ésta película, es muy probable que todos tengamos oportunidad de sobrevivir a él solamente usando nuestros pies para alejarnos lentamente.

Pero, en vez de rellenar dichos 158 minutos con más efectos especiales como debía de haber sucedido, Emmerich cree saber qué es lo que le gusta a la gente: tener personajes por montones en una historia. Durante los primeros 45 minutos de la cinta, el director nos regala la presencia de cuatro sujetos nuevos por minuto, de los cuales, el 83% terminan convirtiéndose en personajes principales. Es casi interesante ver cómo, por cosa de segundos, es posible ver las reacciones relativamente realistas que podrían tener diferentes tipos de personas ante el fin del mundo. Pero no duran mucho, hay cientos de muertes en espera de ser grabadas como para enfocarnos en unas cuantas. A lo largo de la película, se pueden presenciar más de un millón de muertes, incluyendo la de un personaje principal, sin que más de un pepino sea dado por el público o por los mismos personajes. No hay tiempo para llorar cuando estamos a segundos de ver otra impresionante avalancha de efectos especiales, acabando con la vida de otras mil desafortunadas y prescindibles personas (pero Dios libre a Emmerich de matar a un solo perrito en sus películas, eso sería inhumano).

Es pornografía apocalíptica explícita en su máxima expresión. Es una película totalmente increíble (del verbo “es total y completamente imposible de creer que esto esté pasando”). Es la bomba diabética resultante de mezclar todas las películas de desastres que aparecieron en los 80 y que llenaron la programación del canal 5 durante la mayor parte de los 90. Es, a fin de cuentas, Roland Emmerich haciendo lo mejor que sabe hacer (es decir, lo único que sabe hacer)

Pero si tanto él como los actores lo saben y demuestran que lo saben dentro y fuera de la pantalla, ¿por qué a nosotros debería de importarnos? Ellos tenían una misión: gastar 250 millones de dólares mientras nos cumplen el deseo de ver cómo una limusina a toda velocidad es capaz de ser más rápida que un terremoto mientras las atracciones turísticas del mundo entero se desmoronan. Si hubiera momentos para respirar entre catástrofe y catástrofe, casi sería posible que alguien se preguntara a sí mismo cómo reaccionaría en tal situación. Pero no sucede; 2012 no es una de esas películas.

Si el trasero de cada quien es capaz de soportar estar sentado por tanto tiempo frente a una pantalla, y cada uno obliga a su cerebro a olvidar cómo funcionan las diferentes ciencias naturales por espacio de dos horas y media, es posible disfrutar una película casi entretenida, en donde un novelista se convierte de un día para otro en el héroe de acción que necesita el 0.01% restante de la humanidad para sobrevivir (y donde una joven niña de siete años logra finalmente sobreponerse a su problema de mojar la cama por las noches) porque, ¿por qué no?

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