PERRAS – GUILLERMO RÍOS (2011)

por Guillermo Carregha

TÍTULO ALTERNATIVO: “Juventud En Éxtasis III”

GÉNERO: Drama sin drama

Cuando la película que estás a punto de ver se llama Perras, no hay lugar para la esperanza. Deja de ser un título y se convierte en una advertencia para quien ose darle una oportunidad. Por qué alguien se arriesgaría a verla por gusto está más allá de mí.

Quizá habría salvación si hubiera algún indicio de que se está utilizando esa palabra de manera irónica. Pero no. Este título debe tomarse como una declaración seria por parte del director. Mucho me temo que eso dice demasiado acerca de su persona.

Inserté el DVD en el reproductor, presioné play y, reloj en mano, pasaron solamente 90 segundos desde que inició la película hasta que me encontrara odiándola. Nunca antes me había puesto a maldecir tan rápido el momento en que alguien decidió invertir en una producción. ¿La razón? El diálogo con el que inicia la cinta (recitado en asombrosa, forzada y monótona voz en off): “Mis papás son estúpidos porque creen que el sexo tiene consecuencias. Odio a mis papás por ser tan severamente menos inteligentes que yo y me burlo de ellos porque soy superior”. Así empieza la película, con una niña de catorce años siendo desagradable para beneplácito del público. ¿Quién necesita personajes entrañables cuando podemos escuchar los pensamientos mamones de un personaje mamón? ¿No es eso la descripción de la diversión pura? Y ese, tristemente, es el momento menos desagradable de toda la cinta.

De acuerdo a las declaraciones de Guillermo Ríos, el guionista, director y único fan de ésta película, él buscaba retratar la triste y dura realidad que se vive en el país. Defendió su obra diciendo: “No me interesa la crítica social, sino la crítica humana, entender las pasiones del hombre, explorar la ética, la estética y la erótica de mi tiempo.” Si alguien es capaz de encontrar en qué parte de Perras se exploran estos temas le pido que por favor me lo notifique. Yo sólo vi dos horas de niñas de quince años actuando como veinteañeras cachondas para el beneplácito del director. La única persona que actúa ligeramente reservada acerca de su muy pública sexualidad, es la que es interpretada por la hija del director (porque Dios libre a esta niña tan pequeña de convertirse en un objeto sexual que enseña sus calzones cada dos minutos; para eso están las otras actrices desconocidas que contrató su papá).

Cartel promocional de la película

 

Perras parece ser un ambicioso proyecto que busca legitimizar la pedofilia en México. Busca quitar el estigma de escoria social que marca a todo aquel que se siente sexualmente atraído por las menores de edad con la implícita excusa de “una mujer es sexualmente madura a los quince”. Sólo se necesitan unos cuantos minutos para entender a qué se debe el título de la película. Perras se llama así gracias a la visión misógina que tiene el director acerca de todas las niñas mexicanas de catorce-quince años. Para él, todas y cada unas de las mujeres dentro de un salón de secundaria no son más que la repetición del mismo personaje unidimensional que está obsesionado con el sexo y no puede pensar en algo que no sea sexo. La única diferencia entre una y otra es la forzada etiqueta de estereotipo estadounidense que le aplica el director. Así las cosas, todas ellas deben tratarse como objetos sexuales para el placer de los hombres adultos del país. Todos ganan. Nadie pierde.

Para poder llevar a cabo este ambicioso proyecto, era necesario ver, por ejemplo, cómo una joven de menos de quince años baila sensualmente para un senador que va periódicamente a una secundaria privada para escoger a la niña con la que se va a acostar por la noche. Era necesario ver la emoción que le causaba a esta chiquilla el ser toqueteada por alguien famoso. Era importantísimo tener una escena donde tres niñas entran a un excusado y, mientras una de ellas puja para vaciar su intestino delgado, sus amigas preguntan acerca de su vida sexual. Quienes trabajan se ganan la vida haciendo pornografía legalmente no deberían ser así de pretenciosos.

Es difícil hablar acerca de la trama de Perras. No porque sea demasiado compleja como para ser resumida en un simple enunciado, sino porque es nula. Guillermo Ríos quiere convencer al mundo entero de que ésta, su ópera prima, es un thriller mexicano con increíbles cantidades de suspenso. No lo es ni se acerca a serlo. La descripción correcta de Perras sería: “Once chicas de secundaria están en un salón y después se van”. Absolutamente ningún punto de la trama se perdió ni fue obviado al momento de armar este enunciado.

Ya que no sucede nada en pantalla, sólo hay algo que podría rellenar los minutos muertos de la película: Diálogos. Un tutiplén de diálogos. Cantidades industriales de diálogos. Y ni siquiera diálogos bien construidos, por lo menos. Toda la película gira alrededor estas niñas de secundaria hablando directamente con la cámara. Perras bien podría haberse estrenado a través de la radio y ninguno de los radioescuchas se perdería de ningún detalle importante (suponiendo que hubiera detalles importantes).

Para muestra, una de las escenas más aburridas de la película (y eso ya es bastante decir): la aparición de la “primerísima actriz” Galilea Montijo. En ropa interior, por supuesto. Ella está allí porque el director “necesitaba una mujer sexy para elevar la película” (tanto como Julio Médem necesita tener mujeres desnudas en todas sus películas para que puedan ser consideradas artísticas). Ella interpreta el papel de una de las niñas en su versión adulta y, como todos los demás personajes de la película, el de ella es igual de irrelevante. Su trabajo es ver a la cámara por, literalmente, diez minutos mientras escupe un texto pretencioso que pretende explicar a su personaje y el por qué es un poco bastante zorra. El resultado es un texto aburrido que no explica nada, que no aporta absolutamente nada a la trama y que parece más bien la lectura en voz alta de una página de un libreto teatral.

Hace algunos años, Guillermo Ríos decidió que quería hacer una obra de teatro. Entonces, escribió el libreto de una obra llamada Perras. El resultado fue una obra teatral que no he visto y de cuya existencia nunca supe. Tal parece que obtuvo un modesto éxito en los escenarios, reflejado con poco más de cien puestas en escena y sólo un puñado de comentarios positivos acerca de ella. Al terminar su temporada, el director decidió que estaría bien padre conseguir algunos millones de pesos y trasladar su historia al cine para que todos pudieran disfrutarla. Lo que me preocupa es que los consiguió.

Hay una razón por la que, cuando se adapta un cómic al cine o a la televisión, el director no se limita solamente a ver los cuadritos en la página para emularlos con su cámara. Hay una razón por la que no todos los diálogos que aparecen en un libro son recitados en sus versiones audiovisuales. Son medios diferentes que se estructuran de maneras distintas. Guillermo Ríos, quien jura haber escrito antes guiones para televisión, parece no estar enterado que el cine y el teatro no son la misma cosa. Si alguien le hubiera dicho eso, quizá el guión de su película no sería exactamente el mismo guión que escribiera para su obra pero con una portada nueva. Tal vez así, sus personajes no se moverían como si estuvieran actuando en un diminuto escenario de teatro o hablaran por turnos aún cuando estuvieran diciendo exactamente la misma cosa al mismo tiempo. Es sorprendente la falta de alguien diciendo en voz alta “tercera llamada, ¡comenzamos!” antes de que empiece la película.

Dibujo realizado por el autor de la reseña.

A menos que una cinematografía que cambie de colores cada siete segundos sea considerada como una maravillosa herramienta artística del nuevo milenio, es difícil no darse cuenta de todos los errores que se pueden hacer en una película de dos horas. Desde problemas de continuidad hasta errores en el balance de colores, se puede encontrar de todo en Perras. Entender lo que pensaban que hacían el editor y el fotógrafo de ésta película es todo un desafío en donde nadie gana.

Escondido entre las ruinas de este filme, se esconde (supuestamente) un misterio. La “trama” envuelve un acto tan terrible que podría llevar a las protagonistas a pasar un tiempo en la correccional de ser descubierto. Nunca se dice qué es; sólo se repite una y otra vez que es “algo” y que es “terrible”. Conforme pasan lentamente los minutos, el público pierde el interés en develar el misterio, ya que ni siquiera a la película misma le interesa enfocarse en dicho conflicto. Es muchísimo más importante tener valiosísimos panty shots de las actrices así como sus opiniones acerca de tener sexo con hombres mayores.

Una vez que el giro de tuerca es revelado siguiendo la tradición M. Night Shyamalan de guionismo (develar todo justo en los últimos minutos de la película para que antes de que los espectadores puedan preguntarse “¿tanto para eso?” ya hayan empezado los créditos) todo se viene (todavía más) abajo. El único logro de esta “interesantísima” e “impredecible” revelación fue hacer que los últimos 119 minutos que acababa de ver tuvieran aún menos sentido y fueran todavía más estúpidos de lo que pensaba inicialmente. Y eso que el final se ve venir desde los primeros minutos. Durante toda la película, cuando todas las chicas hablan entre sí, sólo una de ellas se queda callada. Nadie le dirige la palabra ni reconoce su presencia. Casi como si estuviera, no sé, muerta desde el principio.

Hay una secuencia dentro de la película en donde se presenta un choque automovilístico. Ésta escena obviamente no fue grabada con pantalla verde y obviamente no está tratando de emular el trabajo y la estética de Zack Snyder. En entrevistas, el director suele lamentar el hecho de que nadie mencione este gran logro técnico de su película, pero es que hay una muy buena razón para olvidar que dicho evento sucede: NO APORTA ABSOLUTAMENTE NADA A LA HISTORIA (aparte de que no está muy bien hecha). Está allí simplemente porque al director le pareció que se vería bien padre, porque estaba buscando alguna manera de justificar el gasto de la producción con un “este tipo de cosas no las podría haber hecho así en el teatro.” Pero ese es el problema principal de Perras: no hay nada que contar, nada que decir. Todo lo que sucede es completamente intrascendente.

¿Hay algo rescatable en Perras? No. No lo hay. Es mala, pretenciosa, mal hecha, mamona y sumamente misógina. No existe absolutamente ninguna razón por la que algún ser humano debería someterse a esta película. Si Guillermo Ríos no se preocupó por echarle ganas a su película, ¿por qué a nosotros nos debería importar verla?

 

Popularidad: 12% [?]

Sobre HectorDRamos